
Una madre llega a la escuela un lunes con una carpeta bajo el brazo. Trae los resultados de una prueba que le han hecho a su hija de catorce meses en una farmacia: catorce alimentos marcados en rojo. Huevo, trigo, plátano, leche. «Me han dicho que se lo quite todo», dice, y se le nota que lleva el fin de semana sin dormir.
Su hija no era alérgica a ninguno de esos catorce alimentos. La prueba no servía para lo que decía servir.
Esta escena la vivimos varias veces al año. Y explica por qué escribimos este artículo, pues en pocos temas de crianza circula tanta información equivocada como en las alergias, y en pocos las consecuencias de equivocarse son tan concretas.
Antes de nada: alergia no es lo mismo que intolerancia
Se usan como sinónimos, pero no lo son.
La alergia es una reacción del sistema inmunitario. Puede saltar con cantidades mínimas de alimento y, en su forma más común, los síntomas aparecen en las dos primeras horas: habones, hinchazón de labios, vómitos, dificultad para respirar. En los casos graves hablamos de anafilaxia, que es una urgencia (SEAIC, s. f.).
La intolerancia es un problema digestivo, no inmunitario. La más conocida es la de la lactosa. Molesta, a veces mucho, pero no pone en riesgo la vida.
La confusión tiene un efecto práctico peligroso: un bebé con alergia a las proteínas de la leche de vaca no mejora con leche sin lactosa, porque la lactosa nunca fue el problema. Esa leche sigue teniendo las proteínas que le sientan mal.
Mito 1: «Conviene retrasar los alimentos que dan alergia»
Realidad: la evidencia dice lo contrario
Durante años se recomendó retrasar el huevo, el pescado o los frutos secos. Esa recomendación se abandonó. Un ensayo de referencia demostró que los bebés que consumían cacahuete de forma regular desde los primeros meses desarrollaban mucha menos alergia que los que lo evitaban (Du Toit et al., 2015).
La Asociación Española de Pediatría lo confirma: retrasar estos alimentos más allá de los seis meses no previene la alergia. Pueden introducirse junto con el resto de la alimentación complementaria, a partir de los cuatro meses (AEP, 2023).
En la práctica: al empezar con la comida, introducid los alimentos de uno en uno, dejando unos días entre uno nuevo y otro para poder observar. Sin listas de «prohibidos hasta los dos años». (Los frutos secos enteros sí esperan a los tres o cuatro años, pero por atragantamiento, no por alergia.)
Una excepción: si vuestro bebé ya tiene eccema moderado o grave, o ya ha reaccionado a algún alimento, comentadlo antes con el pediatra.
Mito 2: «Embarazada o dando el pecho, mejor no tomar frutos secos ni marisco»
Realidad: Quitarlos no previene alergias y puede perjudicar
La guía europea desaconseja evitar alimentos durante el embarazo o la lactancia para prevenir alergias en el bebé (Halken et al., 2021).
El motivo es sencillo: al quitar grupos de alimentos, se pierden también nutrientes que la madre y el bebé necesitan. Lo recomendable es una dieta variada, sin restricciones.
Mito 3: «Le he hecho un test y es intolerante a doce alimentos»
Realidad: Si el test mide IgG, no vale para eso
Las pruebas que miden inmunoglobulina G (IgG) frente a decenas de alimentos no sirven para diagnosticar alergias ni intolerancias. La Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica se ha posicionado en contra de su uso, dentro de un proyecto del Ministerio de Sanidad (SEAIC, 2014).
La razón: tener IgG frente a un alimento indica que el cuerpo lo tolera con normalidad, no que reaccione contra él. Cuanto más come un niño un alimento, más IgG genera. Un «positivo» al plátano en un niño que come plátano es justo lo esperable en un niño sano.
Las pruebas que sí se usan son otras: la historia clínica, el prick test en la piel, la IgE en sangre y, si hace falta, la provocación controlada en un centro sanitario.
Y una consecuencia seria: retirar alimentos de la dieta de un bebé sin diagnóstico médico puede causarle carencias en plena etapa de crecimiento.
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Mito 4: «Casi todos los niños tienen alguna alergia»
Realidad: Se percibe mucha más de la que se confirma
Muchas familias creen que su hijo es alérgico a algo. Pero cuando esas sospechas se comprueban con la prueba de referencia, la mayoría no se confirman. La alergia alimentaria existe, es seria y va en aumento, pero el exceso de etiquetas también es un problema: un niño etiquetado sin serlo come peor, se queda fuera en los cumpleaños y vive con una alarma que no le corresponde.
Mito 5: «Si es alérgico ahora, lo será toda la vida»
Realidad: depende del alimento
Muchos niños superan con los años la alergia a la leche o al huevo. Otras, como la del cacahuete, suelen mantenerse (Anaphylaxis UK, 2015).
Por eso conviene revisar el diagnóstico con el pediatra cada cierto tiempo: una alergia diagnosticada a los ocho meses no es una sentencia para siempre, sino un punto de partida que hay que revisar.
Mito 6: «Las leches especiales previenen las alergias»
Realidad: No se recomiendan con ese fin
Cuando hace falta completar la lactancia materna en los primeros días, no debe hacerse de forma sistemática con fórmulas especiales (hidrolizadas) para prevenir alergias (Espín Jaime et al., 2022).
Esas fórmulas tienen su sitio como tratamiento de bebés ya diagnosticados, no como prevención. Son cosas distintas.
Señales que sí merecen consulta
Sin alarmismo, pero sin restar importancia. Conviene consultar al pediatra si, tras comer un alimento, aparecen:
- Habones o ronchas repentinas.
- Hinchazón de labios, párpados, lengua o cara.
- Vómitos repetidos poco después de comer, con decaimiento.
- Diarrea persistente, sangre en las heces o estancamiento de peso.
- Eccema que no mejora con el tratamiento habitual.
Y una regla sin matices: ante dificultad para respirar, hinchazón que va a más, palidez o decaimiento intenso tras comer, se llama al 112 sin esperar. Si el niño tiene autoinyector de adrenalina prescrito, se administra antes de llamar.
En la escuela: qué hacemos y qué necesitamos de vosotros
La ley obliga a las escuelas infantiles a adaptar los menús y a informar a las familias en caso de alergias e intolerancias (Ley 17/2011). Pero eso es el suelo, no el techo. En el día a día, lo que marca la diferencia es sencillo:
- El informe médico por escrito y al día. «Es alérgico a los lácteos» y «tiene alergia a las proteínas de la leche de vaca con reacción inmediata» no se gestionan igual.
- El protocolo firmado por el pediatra si hay medicación de rescate, con la pauta clara.
- Avisarnos de los cambios. Si ha superado una alergia o ha aparecido otra, queremos saberlo el mismo día.
- Hablarlo antes de los cumpleaños, que son el momento de mayor riesgo del curso porque entra comida de fuera. Con aviso, se organiza sin problema.
Y algo que no es normativa, sino criterio nuestro: una alergia no debe convertir a un niño en «el niño raro de la clase». Se puede cuidar el riesgo con seriedad y, a la vez, hacer que participe en todo.
Si algo debéis quedaros de todo esto, que sea esto: la mayoría de los miedos sobre alergias vienen de confundir conceptos o de fiarse de pruebas que no sirven. La información buena tranquiliza; la mala quita el sueño y, a veces, comida del plato de vuestro hijo.
Este artículo no sustituye a vuestro pediatra, que es quien conoce a vuestro bebé. Ninguna decisión de retirar o introducir alimentos debería tomarse a partir de un artículo de internet, este incluido. Y si tenéis dudas sobre cómo lo gestionamos en El Mundo de Mozart, preguntadnos: preferimos explicároslo con calma antes que dejar nada a la suposición.
Referencias
Anaphylaxis UK. (2015). LEAP study finds peanut consumption can protect infants at risk of developing peanut allergy.
Asociación Española de Pediatría. (2023). La AEP se suma a la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica para matizar tres recomendaciones de la OMS sobre lactancia materna.
Du Toit, G., Roberts, G., Sayre, P. H., Bahnson, H. T., Radulovic, S., Santos, A. F., Brough, H. A., Phippard, D., Basting, M., Feeney, M., Turcanu, V., Sever, M. L., Gomez Lorenzo, M., Plaut, M., y Lack, G. (2015). Randomized trial of peanut consumption in infants at risk for peanut allergy. The New England Journal of Medicine, 372(9), 803-813.
Espín Jaime, B., Díaz Martín, J. J., Blesa Baviera, L. C., Claver Monzón, Á., Hernández Hernández, A., García Burriel, J. I., Merino Moína, M., Manzanares López-Manzanares, J., y Sánchez Sánchez, C. (2022). Documento de consenso en la prevención primaria de alergia a proteínas de leche de vaca en lactantes menores de 7 días de vida. Anales de Pediatría, 97(1), 59.e1-59.e7.
Halken, S., Muraro, A., de Silva, D., Khaleva, E., Angier, E., Arasi, S., Arshad, H., Bahnson, H. T., Beyer, K., Boyle, R., du Toit, G., Ebisawa, M., Eigenmann, P., Grimshaw, K., Hoest, A., Jones, C., Lack, G., Nadeau, K., O’Mahony, L., … Roberts, G. (2021). EAACI guideline: Preventing the development of food allergy in infants and young children (2020 update). Pediatric Allergy and Immunology, 32(5), 843-858.
Ley 17/2011, de 5 de julio, de seguridad alimentaria y nutrición. Boletín Oficial del Estado, núm. 160, de 6 de julio de 2011.



